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Violencia, para reflexionar


violencia para reflexionar

Noviembre es el mes de la no violencia contra mujeres y niños. Aprovechando la ocasión, me gustaría compartir el tema de la violencia. Observo las estadísticas que muestran que los números no han bajado, y que además, a pesar de que estamos en pleno siglo XXI, las condiciones en la familia y en el gobierno no han cambiado mucho.

Pero, qué es lo que pasa para que ocurra este fenómeno, creo que no nos damos cuenta de nuestra propia violencia.

Existen muchas formas de violencia, porque no sólo se expresa con golpes, gritos, esos son las formas más claras y explicitas de la violencia. Pero existen otras formas mucho más sutiles y mucho más dañinas que los golpes y son las que ejercemos todos con o sin conciencia.

A pesar de que últimamente las campañas contra la violencia se han centrado en la mujer, la violencia no es exclusiva de los hombres, las mujeres también la ejercen y creo que es sutil como los celos, la descalificación, la manipulación, la sobre protección, el aconsejar sin que se pida, incluso las ironías, los chistes o los sarcasmos, también son conductas violentas. Pero, ¿por qué se dice que todas estas expresiones son más dañinas que los golpes?, porque es una violencia encubierta,  porque es poco clara, además de que manda un doble mensaje que confunde, ya que estas conductas están encubiertas o disfrazadas tras un discurso, en el lenguaje de cariño, lo cual las justifica y hace que se “acepten”, pero no se siente así. Es ahí cuando surge la incongruencia en la persona que recibe la violencia y el doble mensaje, y piensa:   “Si me quiere, por qué me lastima y me hace sentir mal”.

Lo peor es que la persona si no es consciente de que estas conductas es violencia, no puede defenderse, porque si lo hace viene las respuesta del agresor “Te lo digo porque te quiero” o  “No te lo tomes enserio, fue broma”. Ante este argumento, el mensaje violento se instala y además de eso, también se crea un sentimiento de indefensión, es decir, que la violencia es la forma de expresar cariño. Este último es el peor de los daños.

Para poder realizar un cambio real y dejar de vivir en una sociedad en donde lo habitual es la violencia, tenemos que comenzar en nuestra propia casa, aún mejor con nosotros mismos, debemos darnos cuenta del tipo de violencia que utilizamos y a la que estamos habituados, ya que eso indica que es algo aceptado y por lo tanto, caemos en una incongruencia, ya que por un lado no aceptamos “cierto” tipo o nivel de violencia y hasta nos indignamos, pero por otro lado somos violentos.

La salud mental proyectada a niveles macros, es la congruencia, por lo que no debemos de aceptar, ni practicar ningún tipo de violencia.

Para poder llegar a esa congruencia, hay que hacer una auto observación de nuestra conducta ya que la violencia es un mecanismo de defensa, es la forma de enfrentar conflictos o situaciones que nos hacen sentir inseguros, en las cuales necesitamos actuar así para compensar y crear la ilusión de retomar el control de la situación, a causa  del miedo y la inseguridad personal. Lo anterior nos lleva a la reflexión: el problema es la forma de enfrentar el miedo y la inseguridad, por lo tanto, el trabajo debe ir por ese camino. La ventaja es que no se está solo para eso existen especialistas que pueden guiar y ayudar para adaptar alternativas más sanas y congruentes en donde la violencia no entre. Vale la pena comenzar con la auto observación y crítica porque nosotros conformamos a la sociedad y nosotros somos los que toleramos y permitimos vivir en una sociedad violenta.

 

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Psic. Marcela Cervantes Chávez

Psicoterapeuta de CAPI

Estudió en la Facultad de Psicología de la UNAM. Es pasante de Maestría en Psicoterapia de pareja y familia, en Instituto de Terapia Familiar, CENCALLI. Cuenta con diplomado en Trastornos de la Alimentación cursado en Monte Fénix y una Certificación nivel II en Psicoterapia asistida por equinos, avalado por EAGALA. Cursó un Diplomado en Enfermedades Psicosomáticas, en el Circulo Psicoanalítico, así como un Diplomado en Nutrición Biodirigida y otro en Homeopatía, ambos avalados por la Escuela Latinoamericana de Educación en Salud Integrativa.
Tiene experiencia laboral por más de 11 años como psicoterapeuta. Es psicoterapeuta de pareja y familia desde hace más de 5 años en el Centro de Atención Psicológica Integral, CAPI.

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