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¿El niño “sólo” juega?


niños en el parque
"En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta"
Pablo Neruda

Así como al adulto no se le pide que hable al acudir a un espacio psicoterapéutico, al niño no se le pide que juegue. El adulto, tarde o temprano, hablará; hablará de aquello que le duele, que le extrañe, que le parezca gracioso o, incluso, sin sentido.

El niño jugará sin que así se le pida, jugará a lo que desee  su conciencia y, más importante aún, a lo que se su inconsciente lo empuje.

Es este juego el que nos transmitirá la manera en la que el niño está viviendo, en su mundo interno, los acontecimientos importantes de su vida.

El analista que no es capaz de estar en contacto, de manera constante, con su niño interno, difícilmente podrá trabajar de manera adecuada con pacientes de estas edades en las cuales, a falta de un lenguaje integrado, el juego es el mejor canal para contactar con el niño y su mundo interno.

En el juego, ya sea en el ámbito escolar, familiar o terapéutico, el niño se conecta con el mundo externo usando los juguetes como puentes, como vehículos para poder identificarse y formar parte de ese mundo, de esa realidad externa que descubre día tras día.

Por ello, en momentos en que los padres reprenden a los hijos, o las maestras ejercen su autoridad, para un niño le resulta muy amenazante y angustiante el hecho de sostener la mirada del adulto, porque le hace falta ese juguete, ese puente entre la realidad interna y externa que le da seguridad, que le ayuda a afianzarse y a aceptar el hecho de que es parte activa del mundo.

“Es un niño, sólo juega”, es el argumento dado por padres de familia o, incluso, por  personas que sin serlo conciben así al acto de jugar. Sin embargo, psicológicamente entrama aspectos más profundos, difíciles de comprender en muchos momentos. Cuando el niño pide al padre que juegue con él, éste puede fácilmente aburrirse por jugar a algo que “no tiene sentido”, pero que para el niño lo significa todo. Es esta capacidad de ponerse al nivel del niño, de ser flexible, de ensuciarse, de escuchar, de ceder, de reír, la que hace la diferencia en la vida de los hijos y que influirán de gran manera en etapas futuras de su vida.

¿A qué juegan tus hijos, qué juguetes son sus preferidos, su juego es repetitivo, cuándo fue la última ocasión que jugaron juntos?

¿A qué jugabas tú cuando eras niño? Más importante aún, ¿tus padres jugaban contigo?

Seguramente, somos muchos los que aún conservamos los juguetes de nuestra infancia, ¿te has preguntado por qué?

Las cosas se complican un poco más cuando, por ejemplo, los ahora padres de niños no tuvieron padres que jugaran con ellos, son padres que no aprendieron a jugar siendo niños y que, ahora en su rol de padres, se angustian por no poderse contactar con este niño interno y ponerlo a disposición de sus hijos.

Cuando al jugar con algún niño, te sientas tonto o estúpido y por ello no lo hagas, aprende de ellos y trata de hacerlo de manera natural, permítete sentir y adentrarte en ese mundo, ese lugar tan valioso al que el niño te invita a entrar a través de sus juegos y al que hay que corresponderle de igual manera, deja de lado el temor a los comentarios de los demás y pon a tu niño interno a disposición de tu hijo.

La terapia de juego es la herramienta más útil y recomendada cuando, por diversas circunstancias, los padres de familia no pueden vincularse con ellos, ya que los niños encuentran en nosotros, los terapeutas, a una figura con la que pueden compartir el mundo interno que los llena de diversas sensaciones, a un compañero de juego y a una figura constante que se va integrando a su dinámica de vida, siendo el terapeuta a su vez, el puente que ayuda a los padres de familia a darle el significado y la simbolización adecuada a los juegos que emprende el hijo, todo con el objetivo de que tenga una vida más plena, mejores herramientas para establecer vínculos y sea, en un futuro, un adulto pleno que, eventualmente como padre, sabrá jugar de manera libre y espontánea con sus hijos.

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